Correspondencia anterior

Harto ya de estar harto de tanta vida, Don Efraín Candoroso, poco antes de su muerte natural por disparo de arma de fuego infligida por él mismo, legó a mi tío abuelo Don Juliano de Lapesa Dez, la correspondencia que durante años mantuviera con Doña XXX. En este Blog, tenemos la primicia de su publicación. El editor.

domingo, 5 de julio de 2009

Cartas a Doña XXX: La condición humana.

Querida Doña XXX: Hablar con usted el otro día me produjo una mezcla de alegría, nostalgia y despedida. Pude comprender en la dulzura de su voz el significado de la palabra imposible, y, por otra parte, revivir, por un instante, la paz que siempre me produjo su risa. Sí, quizás sólo sea un ideal, un recuerdo amado, y estas cartas la única liga que tengo a lo que una vez fuí. Intuyo que no volveremos a hablar. Es sólo un presentimiento. Pero seguiré escribiéndole con regularidad para que sea consciente de que nunca la he olvidado, aunque, a la postre, nada haya quedado de usted entre mis cosas.

A la mañana siguiente de "el día de las revueltas", como lo calificó Doña Hilda, nos despertaron temprano, antes del alba, tal y como en otra misiva ya le había narrado. Nos pusieron en fila contra la pared, hombres a un lado del pasillo y mujeres al otro. Las Gorgonas, gozaban todavía de la resaca y en sus caras podía aún verse el efecto del alcohol en ese gesto característico entre dolor de cabeza, sonrisa ebria, y desequilibrio danzante.

Hilda, en medio del pasillo paseaba entre las filas deteniéndose frente a cada uno de nosotros, golpeando su fusta contra la palma de la mano, demostrando su odio contenido y su furia. El silencio era absoluto. Sólo los pasos lentos de la elefanta y el golpe rítmico de la fusta marcaban el paso eterno de los segundos.

"¡Habéis sido todos! ¡Todos sois culpables! ¡Esto no puede quedar sin castigo! ¡Lo que ayer pasó es inaceptable y una quiebra absoluta de todas las reglas y principios morales de esta institución!" Las palabras de Hilda tronaron con eco en el pasillo, e hicieron que todos nos arrugáramos aún más de miedo. Yo podía olerlo, sentirlo en mi piel, pero al mismo tiempo miraba la expresión de los gestos de mis compañeros y no sentía que hubiera arrepentimiento alguno. "¡La junta ha decidido dar un castigo ejemplar! Pero no será a todos, no, no esperéis castigos menores, limpiezas de pasillo, dobles turnos en las cocinas. Todos lo que habéis hecho lo pagarán sólo dos personas, o mejor, los dos animales que me agredieron: El marquesito y el fontanero. Ellos serán los chivos expiatorios y en ellos varéis todos el ejemplo y el rigor de la displicina."

Y efectivamente don Ronaldo de Roncesvalles y Don Mariano fueron castigados al aislamiento total por quince días. Sin derecho mas que a una llamada de teléfono, e impedidos de salir de sus habitaciones en horarios comunes. Desayunaban, almorzaban y cenaban solos. Salían al patio cuando los demás no estábamos. Tenían prohibido comunicarse entre ellos, recibir la prensa, ver televisión y sus habitaciones no fueron limpiadas, ni sus sábanas cambiadas durante toda la condena. De nada sirvieron las peticiones de clemencia que durante esos días algunos de nosotros hicimos. De nada, el que durante nuestras horas de jardín nos apostáramos bajo sus ventanas en señal simbólica de compañía. Casimiro llegaba y nos echaba a trompicones y las Gorgonas servían de espías cada vez que alguno de nosotros intentaba quebrar el aislamiento.

Fueron días largos. Las partidas de dominó se suspendieron y Don Ramón y yo deambulábamos por los jardines preguntándonos qué sucedería con el ánimo de nuestros amigos. Don Ronaldo ya estaba muy mayor, apenas si podía vivir sin asistencia y desde hacía tiempo su familia le había dejado solo.

El día final del castigo Don Ramón y yo decidimos despertarnos temprano y acercarnos a la puerta de Don Ronaldo para acompañarle a desayunar con todos nosotros. Nadie se había levantado todavía y con pasos silenciosos nos allegamos hasta su habitación. Esperábamos lo peor. Un ser humano roto, una habitación desordenada, un olor a derrota. Tocamos a la puerta. Don Ronaldo tardó en abrir. Cuando lo hizo, nos quedamos pasmados. Don Ronaldo en vez de pijama a rayas y zapatillas raídas de cuadros vestía un traje mil rayas de corte perfecto y una corbata de hilo de lunares. Se había afeitado hasta el mostacho y su cabello blanco caía hacia atrás en un peinado perfecto, dejando ver sus ojos verdes y profundos con los que observaba y callaba sus pensamientos, y con los que, a veces, todos sentíamos que era capaz de contemplarnos el alma o de leer nuestras mentes. Nos recibió con una sonrisa extraordinaria, erguido, atlético y orgulloso de si mismo. "¿Qué deseaban, caballeros, amigos míos, recoger los pedazos del moribundo?" Y una carcajada pletórica de vida nos saludó esa mañana. "Pasen, pasen ustedes a mi mundo, que yo tornaré esos rostros de besugos asombrados en sonrisa de hombres."

Nunca habíamos entrado en su cuarto de paredes blancas decoradas con fotografías antiguas, cabezas de jaguar provenientes de distintas zonas de América, un escritorio antiguo de madera y grande, donde ubicaba sus libros al fondo sujetos por maquetas de coches antiguos que coleccionaba. Alguna medalla nombrándole caballero de órdenes de caballería extranjeras, unas boleadoras de gaucho argentino, regaladas por una argentina de azules recuerdos como pupilas, y libros, muchos libros amontandos por todas partes, en el suelo, sobre la mesilla de noche, en la cómoda. Poesía, libros de historia, novelas policíacas y cuadernos de notas donde escribía sin orden ni concierto poemas, pensamientos y lágrimas.

Nos sentamos al borde de la cama y él ocupó su silla antigua de tipógrafo de la que nos contó que había conseguido en un bazar de gitanos que encontró en uno de sus paseos por Castilla, entre carros de bueyes, gallinas, ocas, niños semidesnudos, cabritas y hogueras alrededor de las cuales los viejos afilaban sus navajas y las mujeres limpiaban lentejas.

"Amigos míos, en todas partes he visto caravanas de tristeza, soberbios, melancólicos, borrachos de ira, mala gente que apesta la tierra, como decía, más o menos, el poeta. Toda mi vida he intentado no ser de esa raza de hombres, ni pensar que la vida pasara por mi, sin que yo lo hiciera por ella. Vengo de estirpe antigua, donde los blasones, los oros, el amor a los símbolos, los principios de lealtad y honor eran casi tan importantes como creer en Dios. Y sin embargo, la definición de amor de mi padre consistía en educarme a fuerza de palizas, cinturonazos en la espalda o en pegar y maltratar a mi madre como típico macho viril y ejemplificante. Fuera de casa era admirado y reconocido, dentro, el alcohol y la constante violencia le hacían sentirse amo y señor de nuestras vidas. No aprendí de los golpes sino un rechazo absoluto hacia la violencia a los más débiles. Odio la deslealtad y la injusticia. Y pienso que la traición es el pecado mortal que falta en los diez mandamientos. Protegí a mis hermanos, protegí a mi madre, protegí a todos aquellos que me necesitaron. El otro día toda esa fuerza de mi vida se concitó cuando Doña Justa fue agredida. Mi vida la he dedicado a los demás. Siempre pensé que la obligación de todo hombre era dejar el mundo un poquito mejor de como lo había encontrado. Y me preparé para ello. Leí, estudié, observé. Intenté destejer los sufrimientos y paliar las condiciones adversas de quienes me rodeaban. Pero al cabo, me di cuenta de que estaba solo. De lo solo que me había quedado al entrar en esta vejez que mata poco a poco. Sí, soy consciente de haber influido en centenares de vidas y estoy también cierto de que ninguna de ellas, salvo escasísimas excepciones, ni siquiera se acuerdan. No me quejo. No es resentimiento lo que intento transmitir sino hechos probados. Sé que hice bien y no me arrepiento. Pero miren ustedes a su alrededor. Nadie da nada si no eres capaz de contestar preguntas como "¿y tú que ofreces?". Es la prostitución del sentimiento más absoluta. Siempre he creído que ningún hombre es más que otro si no hace más que otro, pero al cabo del tiempo, he aprendido que no soy superior a nadie, puesto que de todos he aprendido algo. Sé lo que soy. He escrito libros de poemas que leerán una inmensa minoría. He trabajado y amado con pasión. Pero toda la suma de emociones que a lo largo de mi vida hube vivido, mis fantasmas, mis miedos, las lágrimas no vertidas, me alcanzaron de lleno como un disparo de nieve, soledad y frío. Miré a mi alrededor y no había nadie, nisiquiera aquellos que hasta hacía poco me decían que me amaban. Y entré aquí. A morir despacio y a intentar olvidar lo inolvidable. Me volví incontinente y mi dignidad de hombre se hundía tres veces al día cada vez que una enfermera me cambiaba los pañales, me lavaba las ingles y, como un bebé, me echaba polvos de talco.

El otro día Doña Justa me enseñó, me recordó, el valor de los principios con los que siempre había vivido. Y al día siguiente, cuando me impusieron la incomunicación y el exilio físico de todos ustedes, decidí al quedarme solo en mi habitación que no podía dejar que, tampoco ahora, la vida pasara por mi, sin que yo la enamorara. Estos días, amigos míos, rescaté mis trajes del baúl, volví a escribir poemas y terminé de leer esos libros que me quedaban pendientes. La única vez que me dejaron hablar por teléfono llamé a mis hijos y les dije que era un honor para mi ser su padre. Y el resto del tiempo lo dediqué a recuperar el control de mis esfínteres, de tal manera, que ya no llevo pañal, ni lo necesito. Soy lo que soy y no renuncio a ello. Vamos pues a ese jardín de sol que nos espera, que la hora del desayuno hace tiempo que ha pasado". Y los tres, en silencio, salimos al pasillo iluminado por un rayo de luz que llegaba desde el jardín.

Don Ramón y yo íbamos delante. Don Ronaldo, erguido, sonriente, orgulloso de si mismo, detrás. Cuando arribamos a lo alto de la escalinata que baja hasta el zacate, todos se dieron cuenta de nuestra llegada. Se pusieron de pie y cuando Don Ronaldo cruzò el umbral de la puerta de cristal empezaron a aplaudir. Doña Justa se fue acercando poco a poco. Subió las escaleras y con una dulzura infinita besó a Don Ronaldo en la mejilla. La sorpresa estuvo cuando, detrás de Doña Justa, Doña Purita tomó de la manoa Don Ronaldo y con una sonrisa se lo llevó con ella a sentarse a la sombra del alerce, donde estuvieron platicando toda la mañana.

Siempre suyo,
Efraín Candoroso.


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Datos personales

Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad Autónoma de Madrid y MDC por el Instituto de Empresa de Madrid. Su trayectoria profesional le ha llevado a especializarse en temas referentes al mundo de la infancia y de la juventud en donde ha publicado, entre otros, Tiempo libre, educación y prevención en drogodependencias (1997) y Para una promoción integral de la infancia y de la juventud (1998). Como poeta ha publicado: Las horas Transitadas (Madrid, 1998), Manobra (Madrid, 2000), La ciudad doliente (Madrid, 2002) SHOA (México, 2004). Además, aparece recogido en las antologías 1 y 2, Hasta agotar la existencia (México 2001 y 2003). Además, en internet, ha publicado poemas en la revista Adamar de poesía. Ha dado recitales en España y América y su poema Teselas ha sido traducido al Rumano medieval en caracteres cirílicos para garantizar, así, su máxima difusión entre los lectores de habla hispana.

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